La Cumbre de Washington sobre la Seguridad Nuclear, ultimada el 13.04.2010 y en la que participaron 47 naciones - entre ellas Argentina, Brasil y Méjico - logró importantes acuerdos para reducir el riesgo de una catástrofe de consecuencias inimaginables, siendo consenso entre los participantes la importancia de una intensa colaboración entre todos y la necesidad de cumplir estrictamente las normativas de la AIEA - Agencia Internacional de Energía Atómica - la agencia de controle nuclear directamente subordinados a las Naciones Unidas.
En resumen, un poco de sentido común sobre la estupidez del hombre en su afán de auto-destrucción, ya que, según los expertos, los arsenales nucleares que existían en 1989, en el fin de la Guerra Fría, sólo considerando los EE.UU. y la antigua URSS, serían más que suficientes para destruir toda la vida en la Tierra más de 1.000 veces. ¡Qué desperdicio increíble!
Esto, sin tener en cuenta la amenaza que - potencialmente aún más terrible – de los arsenales de sustancia s químicas y biológica aún en poder de las grandes potencias, que también, si no otra cosa, comprueban la fuerza de la parte oscura del ingenio humano al servicio de formas cada vez más letales de destrucción, por desgracia mejoradas (?) continuamente durante los últimos 5000 años.
Las tierras de América colonizadas (¿o esclavizadas?) por España y Portugal hace 500 años están, aparentemente, libres de estas pesadillas, al menos por ahora. Sin embargo, otros enemigos tan destructivos y siniestros amenazan el progreso y el bienestar de sus más de 500 millones de personas, que soportan el ataque implacable de lo que podemos, con toda propiedad, bautizar como "nuestros" Cuatro Jinetes del Apocalipsis: la pobreza, la violencia, el narcotráfico y la corrupción.
Los cuales, tal como una hidra, maldita, mantienen estrechas relaciones entre sí, formando una corriente perversa, que causa un daño irreparable a la calidad de vida, ofuscan la democracia y tienen un enorme potencial para generar conflictos, tanto internos como externos, socavando y debilitando las instituciones y las perspectivas de progreso de los países-víctimas, aumentando de modo considerable sus niveles de privación económica, social y psicológica.
El triste ejemplo de México se encuentra en la sala de exposiciones y sirve como una advertencia de la urgencia de medidas prácticas - no de retórica política - para emplear el máximo de esfuerzos y de recursos para combatir estos flagelos.
Por otro lado - más vale tarde que nunca - parece tener atractivo en la sabiduría convencional de los líderes de América Latina que esta lucha puede ser mucho más eficaz si se coordinan las acciones a nivel regional - al menos – poniendo los esfuerzos combinados de sus servicios de inteligencia , sus organismos de seguridad, sus sistemas judiciales y todas las fuerzas responsables de la sociedad organizada para combatir y tratar de ganar esta guerra no declarada, pero no menos maligna, y cuya virulencia ha aumentado casi exponencialmente en esta primera década del siglo XXI.
Al menos eso es lo que podemos extraer de las declaraciones, acuerdos y promesas de buenas intenciones que, con una visión del mejor de los mundos (irreal, de hecho), encierran las cumbres de mandatarios de UNASUR - Unión de Naciones Suramericanas; del MERCOSUR - Mercado Común del Sur; de la Comisión de Seguridad Hemisférica de la OEA - Organización de los Estados Americanos; y del MCCA - Mercado Común Centroamericano.
En este esfuerzo, Brasil tiene el papel clave del personaje principal teniendo en cuenta su superioridad económica y su responsabilidad estratégica y geopolítica y, desde todo punto de vista, su victoria en este esfuerzo conjunto para derrotar esos enemigos arteros tiene una importancia decisiva en el éxito para construir un futuro mejor para los pueblos de América Latina.
Esa responsabilidad está ciertamente en las raíces de todo intento del gigante sudamericano para obtener el reconocimiento de sus pares como nuevo liderazgo de los países emergentes de África y América Latina.